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La ilusión del control

  • Foto del escritor: nefertariglam
    nefertariglam
  • 22 ene
  • 9 Min. de lectura


¿Cuánto de lo que planeamos podemos dominar en realidad? Vivimos con la mirada fija en el horizonte, como si allí, en una línea lejana y siempre movediza, estuviera escondida la promesa de sentido. Dibujamos rutas sobre mapas que creemos estables, sin aceptar que el viento los redibuja cada noche mientras dormimos. Hay en nosotros una fe silenciosa y obstinada en que el mañana es una materia dócil, un bloque de arcilla esperando la forma que nuestras manos decidan imponerle.


Planificar se convierte entonces en un acto casi sagrado. Anotamos fechas, metas, nombres propios del futuro. Decimos “cuando llegue”, “cuando tenga”, “cuando sea”. Como si la vida fuera una sucesión de puertas que se abren únicamente con la llave del control. Pero el tiempo, que parece obediente en los calendarios, se revela indómito en la experiencia.


Avanza, se repliega, nos sorprende. Y nosotros, aprendices de arquitectos del destino, descubrimos que muchas de nuestras construcciones están hechas sobre arena.


La realidad nos recuerda, una y otra vez, que intentar dominarlo todo es como sujetar el agua apretando el puño: cuanto más fuerza ejercemos, más rápido se nos escapa entre los dedos. No porque el agua sea traicionera, sino porque su naturaleza es fluir. Tal vez el error no esté en el agua, sino en la forma en que intentamos retenerla. En confundir cuidado con control, deseo con posesión, previsión con certeza.


Hay algo profundamente humano en planear. Es una forma de esperanza, una manera de decirle al mundo que no nos es indiferente. Pero también hay sabiduría en aceptar que no todo responde a nuestra voluntad. Que existen variables invisibles, encuentros fortuitos, pérdidas necesarias. Que muchas veces el sentido no se revela en lo que logramos, sino en cómo caminamos cuando el camino se quiebra.


El futuro no es un objeto que se conquista, sino un espacio que se habita. No se deja moldear por la fuerza, pero sí por la disposición. Quizás vivir no consista en dominar el porvenir, sino en danzar con la incertidumbre. En aflojar el puño y abrir la mano.


En confiar en que, aunque no podamos elegir el viento, sí podemos orientar las velas.

Aceptar nuestros límites no es rendirse; es reconciliarse con la condición humana. Es comprender que no somos dioses del tiempo, sino viajeros atentos. Que la vida no exige mapas perfectos, sino presencia. Y que, a veces, lo más valiente no es insistir en el plan, sino escuchar lo que el camino —imprevisible, cambiante, vivo— intenta enseñarnos mientras avanzamos.


I. La perspectiva Estoica: ¿Qué es realmente tuyo?

Hace casi dos mil años, Epicteto —un hombre que conoció la esclavitud antes que la libertad— formuló una de las ideas más sencillas y, a la vez, más revolucionarias de la filosofía: la Dicotomía del Control. No como un concepto abstracto para debatir en aulas, sino como una llave práctica para la serenidad cotidiana. Una frontera invisible que, cuando se reconoce, alivia el peso de existir.


Epicteto nos invita a separar la vida en dos territorios claros. De un lado, aquello que depende de nosotros. Del otro, todo lo que no. El problema —ayer como hoy— es que vivimos empeñados en gobernar el territorio equivocado. Invertimos energía, emociones y expectativas en dirigir fuerzas que no nos pertenecen, y luego nos sorprendemos de sentir frustración, ansiedad o agotamiento.


No controlamos las opiniones de los demás, por más razonables que creamos nuestros argumentos. No controlamos el tráfico, ni la economía, ni el clima que arruina planes cuidadosamente pensados. Tampoco controlamos el desenlace final de nuestros proyectos, incluso cuando hemos puesto en ellos lo mejor de nosotros. El mundo no firma contratos con nuestras intenciones.


Sin embargo, hay un espacio íntimo y silencioso que sí es nuestro. Un territorio pequeño, pero poderoso. Ahí viven nuestros juicios, la forma en que interpretamos lo que ocurre. Nuestras intenciones, el porqué de nuestros actos. Y nuestras reacciones, ese instante crucial entre el estímulo y la respuesta donde se juega nuestra libertad. Los estoicos entendieron que la paz no nace de cambiar el mundo exterior, sino de habitar con dignidad el espacio interior.


Marco Aurelio, emperador y filósofo, lo expresó con una imagen que aún resuena: el ser humano es como una roca lanzada al aire. No gana nada al subir ni pierde nada al caer. El movimiento no altera su esencia. La roca no discute con la gravedad ni se indigna por la trayectoria. Simplemente es. La ansiedad aparece cuando olvidamos esto, cuando dejamos de ser la roca y pretendemos ser el viento que la empuja.


La perspectiva estoica no propone indiferencia ni resignación, sino claridad. Nos enseña a actuar con compromiso donde tenemos poder y a soltar con elegancia donde no lo tenemos. A entender que la verdadera fortaleza no está en dominar los acontecimientos, sino en no permitir que nos dominen por dentro.


Preguntarse “¿qué es realmente mío?” es un acto de honestidad radical. Es reconocer que no somos dueños del resultado, pero sí de la actitud. Que no controlamos el mundo, pero sí la forma en que lo atravesamos. Y que, al final, una vida buena no se mide por cuán obediente fue la realidad, sino por cuán fieles fuimos a nuestros valores en medio del caos.


Tal vez la serenidad no sea otra cosa que esto: soltar el viento y volver, una y otra vez, al peso firme de la roca.


II. El vértigo de la incertidumbre actual

Vivimos en una época que rinde culto a la previsión. Algoritmos que anticipan deseos antes de que los formulemos, calendarios que encajan nuestras horas como piezas de un engranaje perfecto, métricas que prometen reducir la vida a cifras comprensibles. En este escenario, la ilusión de control se ha convertido en una droga silenciosa: cuanto más creemos dominar, más dependientes nos volvemos de la sensación de seguridad que promete.


Nos han enseñado que, si trabajamos lo suficiente, si ahorramos con disciplina, si planeamos cada paso con precisión quirúrgica, podremos blindarnos contra la incertidumbre. Que el esfuerzo constante es una especie de amuleto contra el caos. Y así llenamos agendas, optimizamos rutinas, proyectamos escenarios futuros como si anticiparlos fuera lo mismo que gobernarlos. Pero el mundo, indiferente a nuestras previsiones, sigue moviéndose con una lógica propia.


La ansiedad surge ahí, en esa grieta entre lo que deseamos controlar y lo que inevitablemente se nos escapa. No es tanto una respuesta al presente como un eco del futuro imaginado. Es el ruido que hace la mente cuando intenta resolver problemas que aún no existen, cuando se adelanta a dolores que todavía no han ocurrido. Vivimos cansados no de lo que pasa, sino de todo lo que podría pasar.


La incertidumbre, sin embargo, no es un error del sistema. Es su condición natural. La vida nunca fue un terreno firme, aunque ahora tengamos mejores herramientas para fingir que lo es. Lo verdaderamente inquietante no es no saber qué vendrá, sino nuestra dificultad para convivir con la falta de garantías. Nos cuesta aceptar que, por más tecnología y planificación que acumulemos, el futuro sigue siendo un territorio abierto, no un destino asegurado.


Tal vez por eso sentimos vértigo. No porque el mundo sea más inestable que antes, sino porque hemos confundido seguridad con control. Hemos olvidado cómo sostenernos sin certezas, cómo caminar sin mapas definitivos. Y en ese olvido, cualquier sacudida se vive como una amenaza existencial.


La verdadera libertad no consiste en tener el control absoluto, sino en dejar de necesitarlo. En comprender que el futuro no se conquista ni se domina, sino que se recibe. Llega como llegan las estaciones: sin pedir permiso, sin atender a nuestros miedos. Podemos prepararnos, sí, pero no imponerle su forma.


Aceptar la incertidumbre no es rendirse al caos, sino reconciliarse con la vida tal como es.Es aprender a habitar el presente sin exigirle promesas. A confiar no en que todo saldrá bien, sino en que sabremos responder, incluso cuando no salga como esperábamos.


Quizás la calma no esté en predecir el mañana, sino en desarrollar la fortaleza interior para encontrarnos con él, sea cual sea su rostro. Y en ese encuentro, descubrir que soltar el control no nos debilita, sino que nos devuelve una ligereza olvidada: la de vivir sin el peso constante de tener que anticiparlo todo.

"No pretendas que los sucesos ocurran como quieres, sino quiere que los sucesos ocurran como ocurren y vivirás bien." — Epicteto.

III. Ejercicio para hoy: "El círculo de influencia"

Si sientes que el peso del futuro te asfixia, detente un momento. No para huir de lo que te preocupa, sino para mirarlo con mayor claridad. La mente, cuando se abruma, tiende a expandirse sin límites; salta del ahora al después, y del después al peor escenario posible.


Este ejercicio es una pausa consciente, una forma de volver al presente con los pies en la tierra.


Paso 1: Dibuja los dos círculos. Imagina —o mejor aún, dibuja— dos círculos. Uno grande, que lo contenga todo. Y dentro de él, uno pequeño, casi humilde. No son figuras geométricas cualquiera: son un mapa íntimo de tu energía.


Paso 2: Vacía tus preocupaciones en el círculo grande. En el círculo grande escribe todo aquello que hoy te inquieta. El qué dirán, el resultado de un plan que aún no se define, la salud de quienes amas, decisiones ajenas, tiempos que no dependen de ti. Sé honesto.


Nombra lo que pesa. Verlo por escrito es reconocer que existe, pero también entender que no todo exige una respuesta inmediata.


Paso 3: Identifica tu territorio real. Luego mira el círculo pequeño. Ese es tu territorio real. Ahí escribe únicamente aquello que puedes hacer tú, aquí y ahora. Respirar hondo. Enviar ese mail postergado. Pedir perdón. Estudiar una hora. Dar un paseo. Apagar el ruido por unos minutos. Son acciones simples, incluso pequeñas, pero verdaderas. No prometen controlar el mundo, solo habitarlo con intención.


Paso 4: Retira tu energía del círculo grande. Ahora viene el gesto más importante del ejercicio —y también el más difícil—: decide conscientemente retirar tu energía del círculo grande y depositarla en el pequeño. No se trata de negar lo que queda fuera ni de fingir indiferencia. Se trata de aceptar que cargar con todo no te vuelve más responsable, solo más cansado. Lo que permanece fuera del círculo pequeño no es tu tarea en este momento.


Este acto de renuncia consciente es, en realidad, un acto de poder. Al elegir dónde pones tu atención, recuperas algo esencial: tu presencia. La calma no llega porque los problemas desaparezcan, sino porque dejas de luchar contra lo que no puedes mover.


Paso 5: Repite cuando el futuro pese demasiado. Repite este ejercicio cada vez que la mente se adelante demasiado al futuro. Con el tiempo, notarás algo sutil pero profundo: el círculo pequeño no se agranda, pero tú te fortaleces dentro de él. Y eso, paradójicamente, hace que el mundo pese un poco menos.


Hoy no necesitas resolverlo todo. Solo estar donde realmente puedes actuar. Ahí comienza el alivio.


Lectura recomendada

Si quieres profundizar en cómo vivir —y no solo sobrevivir— en un mundo que no puedes controlar, “Antifrágil” de Nassim Nicholas Taleb es una lectura esencial.


Taleb propone una distinción poderosa: no todo reacciona igual ante el caos. Lo frágil se rompe cuando la realidad se vuelve impredecible. Lo robusto resiste el golpe, pero permanece igual. Lo antifrágil, en cambio, crece gracias al desorden. Necesita la volatilidad, el error y la presión para fortalecerse.


Esta idea no es una moda intelectual, sino una actualización profunda de una intuición antigua. El estoicismo enseñaba a aceptar lo que no depende de nosotros y a mantener la calma frente a la incertidumbre. Taleb da un paso más: no basta con resistir el caos; podemos diseñar nuestra vida para beneficiarnos de él.


Ser antifrágil no significa buscar el sufrimiento ni romantizar la crisis. Significa dejar de apostar todo a un solo plan, exponerse de forma inteligente al error, aprender rápido y adaptarse mejor. Significa entender que la estabilidad absoluta es una ilusión peligrosa, y que la verdadera seguridad nace de la capacidad de responder, no de predecir.


En un mundo que cambia más rápido de lo que podemos comprender, la pregunta ya no es cómo evitar la incertidumbre, sino cómo volvernos personas que no solo la soportan, sino que salen fortalecidas de ella.


Quizás la meta no sea construir una vida a prueba de golpes, sino una que sepa transformarlos en impulso.


Este es un espacio de encuentro

Si has llegado hasta aquí, si estas palabras han vibrado en alguna parte de tu pecho, es porque tu alma está lista para este viaje. Este blog no es un monólogo, es un diálogo. Es un lugar para las que buscan algo más que una solución rápida; para las que desean una transformación auténtica.


Este espacio es para ti si:

  • Sientes el llamado de vivir con más lentitud y propósito.

  • Estás cansada de las dietas que no nutren y de las rutinas que no sanan.

  • Deseas reconciliarte con tu imagen y con tu historia.

  • Crees que la espiritualidad y la ciencia pueden y deben caminar de la mano.


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