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Cuando cuidarnos no significa sanar

  • hace 1 día
  • 8 Min. de lectura


Hay días en los que el calendario parece confabularse para recordarnos la complejidad de estar vivos. Son jornadas cargadas de una simbología profunda, fechas que nos hablan de conceptos elevados: trascender las sombras, iluminar el camino, soltar el peso del ego y renacer con una capacidad de amar renovada. Hoy coinciden celebraciones que, desde orillas espirituales y tradiciones milenarias, apuntan hacia un mismo horizonte: la liberación interior y el despertar de la conciencia.


Sin embargo, en este mismo instante, la espiritualidad choca de frente con la realidad más cruda: hoy es el Día Internacional del Cáncer Infantil.


Esta coincidencia no es una ironía del destino, sino un espejo que nos coloca frente a una verdad incómoda pero profundamente necesaria. A menudo, en nuestro afán por encontrarle un sentido a todo, caemos en la trampa de creer que cada herida es una lección o que cada lágrima es un paso hacia la iluminación. Pero la mirada de un niño que lucha contra la enfermedad nos devuelve a la tierra. Nos enseña que no todo dolor está aquí para ser trascendido, comprendido o transformado.


Hay dolores que, simplemente, existen. Dolores que no tienen una explicación metafísica ni un propósito oculto. Dolores que son, en su esencia, una injusticia que nos desgarra. Y ese dolor, el que parece no tener "utilidad" en el camino del crecimiento personal, no es por ello menos digno de nuestra presencia, de nuestro respeto y de nuestro cuidado más tierno.


Desde la psicología, pero sobre todo desde la humanidad más básica y desnuda, hoy elegimos no buscar respuestas rápidas. Elegimos detenernos ahí, en ese espacio sagrado donde la luz del espíritu se encuentra con la fragilidad de la carne. Porque amar con más fuerza hoy no significa solo elevar la conciencia; significa sostener la mano de quien sufre, validar su silencio y reconocer que, a veces, la mayor forma de iluminación es simplemente negarse a mirar hacia otro lado.


I. Amor propio cuando no se siente bien

Existe una narrativa contemporánea que ha reducido el amor propio a una estética del bienestar: lo imaginamos como un estado de calma imperturbable, una fuerza vibrante o el resplandor de una autoestima inquebrantable. Hemos caído en la sutil falacia de creer que amarse es, necesariamente, sinónimo de habitar una sensación placentera.


Sin embargo, la realidad psíquica es mucho más densa. Hay temporadas —umbrales que algunas personas transitan durante años— en las que el amor propio carece de belleza, luz o consuelo inmediato. En esos periodos, el afecto hacia uno mismo no se manifiesta como un refugio, sino como un ejercicio pesado, silencioso y de una persistencia casi heroica.


En tales circunstancias, amarse no consiste en el ejercicio superficial de la motivación ni en el refugio ingenuo del pensamiento positivo. Es algo mucho más sobrio y radical: es el acto de la comparecencia.


Es la voluntad de permanecer cuando estamos exhaustos de nuestra propia presencia. Es la decisión de no apartar la mirada cuando no logramos descifrar la arquitectura de nuestras emociones, cuando los procesos no convergen en una mejoría visible y cuando el dolor, lejos de ser una lección, es simplemente un ruido constante que no cede.

Desde la ética del autocuidado emocional, el amor propio no siempre se traduce en una acción elocuente o en una transformación productiva. A menudo, se manifiesta en la resistencia pasiva de no abandonarnos cuando sentimos que no tenemos nada que ofrecer —ni al mundo, ni a nuestra propia sombra—. En esa quietud desolada, en ese "quedarse" a pesar de la ausencia de gratificación, reside quizá la forma más sofisticada y honesta del cuidado: la lealtad hacia nuestra propia vulnerabilidad.


II. El dolor que no tiene sentido (ni necesita tenerlo)

Ante la irrupción de un sufrimiento agudo —especialmente aquel que percibimos como arbitrario, injusto o que afecta a poblaciones vulnerables— se activa un mecanismo de defensa cognitivo primario: la necesidad de atribución de sentido. Desde la psicología clínica, entendemos que este impulso responde a una urgencia por mitigar la indefensión aprendida; construir un "porqué" o un "para qué" actúa como un analgésico psicológico que nos devuelve una necesaria, aunque a veces ficticia, percepción de control sobre el caos.


Sin embargo, es imperativo reconocer un límite ético y clínico: no todo estímulo aversivo posee una función pedagógica. Existe una tendencia riesgosa a la "positivización" del trauma, bajo la premisa de que todo sufrimiento debe derivar en crecimiento postraumático. La realidad es que no todo dolor porta un mensaje, ni toda crisis culmina en un aprendizaje. En contextos de enfermedad crónica, pérdida ambivalente o dolor infantil, la exigencia de encontrar un propósito puede operar como una invalidación emocional sistémica.


Forzar una narrativa de superación sobre un hecho intrínsecamente devastador no solo es reduccionista, sino que puede generar una carga adicional de culpa en el sujeto. Debemos recordar que:

  • El acompañamiento terapéutico no depende de la comprensión intelectual de la tragedia.

  • La contención emocional no requiere de una justificación causal.

  • El cuidado no es una transacción donde el alivio se compra a cambio de una lección de vida.


En última instancia, el autocuidado y la intervención ética consisten en permitir que el dolor se manifieste en su estado puro, sin ornamentos metafísicos ni racionalizaciones forzadas. El abordaje más humano —y psicológicamente sólido— radica en la validación radical: aceptar que algo duele, simplemente porque es doloroso. Reconocer el sufrimiento sin intentar transformarlo en otra cosa es, en sí mismo, un acto de respeto profundo a la dignidad del individuo y su vivencia.


III. Cuando cuidarnos no es arreglarnos

En la sociedad contemporánea, hemos transformado el concepto de bienestar en un imperativo de rendimiento. Se nos impone una "economía de la sanación": debemos sanar con celeridad, de forma eficiente, extrayendo lecciones útiles y, sobre todo, exhibiendo resultados tangibles. Bajo esta lógica, la persistencia del malestar se interpreta erróneamente como un déficit de voluntad o un fracaso en la gestión del self. Se nos enseña que si no estamos "mejorando", estamos fallando.


Sin embargo, desde una perspectiva de salud mental profunda, es vital desarticular esta narrativa: la ausencia de progreso no es un error de sistema; es, en ocasiones, la respuesta más adaptativa.


Existen estadios psíquicos que no están diseñados para la evolución, sino para la preservación. Son esos periodos donde:

  • No se está sanando; se está sobreviviendo.

  • No se está creciendo; se está sosteniendo el peso.

  • No se está transformando el dolor; se está intentando evitar la fragmentación total.


Confundir la supervivencia con el estancamiento es un acto de crueldad hacia uno mismo. El verdadero conflicto no reside en la lentitud del proceso, sino en la hiper-exigencia funcional que nos aplicamos cuando aún habitamos el territorio del duelo, el shock o el colapso emocional. Exigirle "metas" a una psique agotada es como pedirle a un cuerpo herido que corra un maratón mientras aún intenta detener la hemorragia.


El autocuidado emocional genuino, por tanto, se aleja de la retórica del avance constante. A menudo, el acto más revolucionario de amor propio no consiste en dar un paso hacia adelante, sino en suspender la exigencia de avanzar. Cuidarse, en su forma más pura, es reconocer que permanecer inmóvil mientras la tormenta pasa no solo es lícito, sino que es la estrategia más inteligente de cuidado.


IV. Presencia en lugar de soluciones

En la práctica psicoterapéutica, a menudo sucumbimos a la tentación de la "resolución de problemas", olvidando que una de las herramientas de intervención más potentes es la validación radical. Validar no es estar de acuerdo con una conducta, sino reconocer la legitimidad de una experiencia interna. Es el acto de nombrar la realidad fenomenológica del paciente sin la urgencia de modificarla, permitiendo que el afecto encuentre un espacio donde simplemente ser.


Frases como "Esto es doloroso", "Es profundamente injusto" o "No debería estar ocurriendo" no son claudicaciones ante el sufrimiento. Son, por el contrario, actos de presencia auténtica. Esta presencia —ya sea ejercida por un profesional, un acompañante o por el propio diálogo interno— suele poseer una capacidad reparadora superior a cualquier técnica conductual. Su eficacia reside en que no incurre en la negación de la experiencia; no intenta "editar" la realidad del sujeto, sino que se sitúa a su lado.


En un contexto cultural saturado de metáforas sobre la iluminación, el renacimiento y la superación, es imperativo rescatar una premisa de realismo psicológico esencial:

  • El crecimiento invisible. No toda maduración psíquica es observable ni produce resultados "fotogénicos".

  • El cuidado sin cura. Existen formas de acompañamiento que no tienen como objetivo la sanación clínica, sino la mitigación del aislamiento.

  • La herida perenne. Debemos aceptar que algunas cicatrices no se cierran por completo, y que la salud mental también consiste en aprender a cohabitar con lo que queda abierto.


Incluso cuando no hay una solución técnica disponible y cuando la transformación parece inalcanzable, la dignidad emocional permanece intacta. Esa dignidad se sostiene en el derecho a ser visto y escuchado en nuestra vulnerabilidad, sin que la falta de "soluciones" reste valor a nuestra existencia.


V. Una redefinición más honesta del crecimiento

Quizás hemos entendido mal la naturaleza de nuestra propia evolución. Nos han vendido que crecer es una ascensión constante, una metamorfosis brillante donde siempre logramos soltar el lastre, comprender el misterio y elevarnos sobre las cenizas. Pero existe una verdad más honesta y profundamente conmovedora: a veces, crecer es un acto silencioso de resistencia.


Crecer, en sus horas más oscuras, no significa buscar la luz de manera forzada mientras el alma está de duelo. No es exigirnos un sentido heroico cuando nos sentimos fragmentadas, ni obligarnos a caminar cuando apenas tenemos el aliento necesario para respirar. Hay una valentía inmensa en la quietud, en esa tregua necesaria donde dejamos de ser nuestras propias juezas para convertirnos en nuestras mejores aliadas.


En esos instantes, el autocuidado emocional se despoja de artificios para volverse algo tan simple como sagrado: la decisión de seguir aquí. Permanecer, aunque el entendimiento no llegue, aunque la mejoría se sienta lejana y las fuerzas se hayan desvanecido.


Es fundamental recordarnos que este acto de presencia, aunque no se traduzca en progreso visible ni en victorias externas, es una de las manifestaciones más puras y radicales del amor propio. Porque amarse no es solo celebrar nuestras cimas; es abrazar con la misma ternura nuestra incapacidad de avanzar, reconociendo que estar presentes en nuestro propio dolor es, en sí mismo, un triunfo del espíritu.

Cuando quedarse también es amor: Hay días en los que no hay luz que alcanzar, ni sentido que encontrar, ni herida dispuesta a cerrarse. Días en los que el dolor no trae mensajes ni se deja traducir en aprendizaje. Y aun así, respiramos. Amarnos entonces no es calmarnos, no es entender, no es mejorar. Es quedarnos. Quedarnos con el cuerpo cansado, con la pregunta sin respuesta, con el miedo que no se va y el silencio que pesa. Quedarnos cuando no hay nada que arreglar, cuando la esperanza no sabe hablar bonito, cuando vivir ya es suficiente esfuerzo. No todo dolor pide sentido. Algunos solo piden manos abiertas, presencia sin prisa, respeto. No sanar no es fallar. No avanzar no es retroceder. A veces crecer es no exigirnos fuerza cuando estamos sosteniendo la vida como podemos. Y en ese acto pequeño, invisible, de seguir aquí sin comprender, sin transformar, sin trascender, hay un amor profundo, quieto, honesto. Un amorque no huye. Un cuidado que no explica. Una dignidad que permanece incluso cuando duele.

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